Las cinco semanas de cierre del estrecho de Ormuz, la lengua de agua por la que transita algo más de la quinta parte del petróleo y el gas que se consumen en el mundo, habían instalado a los países importadores en un escenario tan inesperado como aterrador: de la noche a la mañana, la producción de los petroestados quedaba completamente fuera de juego. Ese escalofrío, aún mayor que el de febrero de 2022 ―el de la invasión rusa de Ucrania―, pugna por quedar atrás con un alto el fuego aún difuso.
