<p>Hubo un tiempo no muy lejano, hasta que la <strong>ofensiva militar sin fin de Netanyahu </strong>y los atroces crímenes cometidos en <strong>Gaza </strong>entre otras consecuencias rompieron políticamente a Europa, en el que el <a href=»https://www.elmundo.es/internacional/2025/11/11/6911f23fe9cf4a66618b4593.html» target=»_blank»>Festival de Eurovisión</a>, más allá de su carácter festivo y de su naturaleza de programa de televisión, era sinónimo de los mismos valores que están en el acervo comunitario. Diversidad, tolerancia, libertad o respeto a las minorías han sido durante algunas décadas esencia del certamen, un acontecimiento que va mucho más allá de lo musical. Hoy el Festival atraviesa una<strong> crisis existencial</strong>, justamente cuando se cumple su<strong> 70º aniversario</strong>, marcada por la presencia de Israel y el boicot de varios países fundamentales en el concurso, <a href=»https://www.elmundo.es/opinion/columnistas/2025/12/08/693566c6fc6c838d688b4579.html» target=»_blank»>España incluida</a>. Y es en estas circunstancias cuando cobra más relevancia que Eurovisión, al menos en lo que llevamos de siglo XXI, se hubiera convertido en el Festival que tanto ofende a nuestros tiranos y a los líderes de la deriva iliberal y antieuropea, luego <i>trumpiana</i>, con el ahora derrotado <a href=»https://www.elmundo.es/internacional/2026/04/12/69d8f0c4fc6c83c17a8b45a6.html» target=»_blank»>Viktor Orban</a> a la cabeza.</p>

