La inteligencia artificial avanza a una velocidad que no encuentra precedente en la historia de la ciencia. Mientras el conocimiento humano se transmite de generación en generación y requiere tiempo, experiencia y aprendizaje, la IA acumula, procesa y perfecciona información de manera continua, sin las limitaciones biológicas que condicionan nuestra evolución. Esa diferencia de ritmo, y de naturaleza, está alterando no solo cómo investigamos, sino también cómo aprendemos.