Antes de que existieran animales, plantas, hongos o seres humanos, tuvo que aparecer una célula capaz de hacerlo posible. No una bacteria simple, con el ADN flotando en su interior, sino una célula con núcleo, compartimentos internos, maquinaria energética y una arquitectura mucho más sofisticada. Esa célula fue el punto de partida de todos los eucariotas, el gran linaje al que pertenecen también las células de nuestro cuerpo.