Cuando Clara Martínez se enteró de que un museo organizaba un taller infantil, preguntó si su hijo Mikel, de seis años y con trastorno del espectro autista (TEA), podía participar. Explicó que necesitaba algunos apoyos, pero le respondieron que solo había un monitor para un grupo numeroso de niños y que no podrían atenderle adecuadamente. Entonces propuso quedarse con él durante la actividad, pero no fue posible. “La verdad es que tampoco lo facilitaron mucho. Si a mí me dejan entrar, ya tiene ese apoyo. Yo no pedía nada más. Pero muchos espacios infantiles no están adaptados y, al final, te quedas fuera”, recuerda.

