Caminar por Sabana Grande se volvió en los últimos años un ejercicio cada vez más complicado. Su bulevar de 1,2 kilómetros, en pleno corazón de la Caracas metropolitana, parece una carrera de obstáculos en la que se deben sortear tarantines que aparecen en medio de la vía, peatones que se detienen bruscamente para ver alguna prenda en ellos, o compradores de oro y plata que repiten sus eslóganes en una letanía de gritos.
A lo largo de su historia, Sabana Grande ha sido el reflejo de la economía del país. De una avenida de tiendas de lujo y franquicias internacionales en los tiempos de la “Venezuela Saudita”, para comienzos de los años 2000 se había convertido en un enorme mercado popular a cielo abierto, como los de la India o Bagdad. Un río con sombrillas de colores que cubría el pasaje en toda su extensión, y que llegó a contener a más de 5 mil buhoneros (comerciantes informales), de acuerdo con un censo de la Alcaldía de Caracas en 2006.
Ese mismo año, el gobierno de Hugo Chávez y el entonces alcalde Freddy Bernal emprendieron un plan para recuperar el bulevar y reubicar a todo el comercio informal. Años de negociaciones, algunas pacíficas y otras más conflictivas, pero que terminaron con el desalojo de los buhoneros y un proceso de remodelación de los espacios entre 2009 y 2011. Por alrededor de una década, Sabana Grande permaneció así, con algunos vendedores ambulantes y mercadillos autorizados para artesanos o ferias escolares, pero despejado para la libre vida peatonal.
Sin embargo, en los últimos años ese río de toldos poco a poco ha vuelto a tomar cada vez más espacio. Precisamente reflejando la situación económica de muchos venezolanos, quienes buscan en la calle los ingresos que el sector formal no puede proveer, con un salario mínimo de apenas 130 bolívares (menos de un dólar a la tasa oficial del 22 de agosto).
“Somos muchísimos”
Víctor Hugo tiene 40 años vendiendo en Sabana Grande. Es artesano, por lo que se le permitió permanecer en el bulevar vendiendo los productos de cuero que él mismo confeccionaba. En entrevista para El Diario, reconoce que su oficio dejó de ser rentable, pues ya no tenía dinero para comprar materiales. Decidió entonces invertir directamente en comprar mercancía. Contra el portón cerrado de un edificio, vende ahora billeteras y cinturones.

Señala que si bien sus ingresos nunca han sido fijos, son suficientes para cubrir sus necesidades básicas y reponer insumos. No obstante, señala que en los últimos años el bulevar comenzó a llenarse cada vez más de buhoneros, aumentando la oferta y la competencia, lo que sumado a la caída del poder adquisitivo de las personas, ha afectado considerablemente sus ventas.
“En cierto momento sí ha sido rentable, pero hay otros momentos en los que no, porque lo que era un sistema de vida para vender se convirtió en una necesidad del pueblo. Ahora hay mucha gente que sobrevive de vender en la calle porque no hay una estabilidad económica. Entonces ya no somos unos cuántos, sino que somos muchísimos”, comenta.
Informal vs formal
“Ser trabajador de la calle y ser artesano me ayudó mucho”, afirma Víctor Hugo. Aunque siempre soñó con tener su propio local, no duda en decir que actualmente valerse por sí mismo como buhonero le es mucho más rentable que tener un empleo formal en alguna empresa privada o institución del Estado. Habla desde su propia experiencia, y acota que esto ha sido así desde siempre.

“Yo fui trabajador del puerto de La Guaira durante 15 años y cuando me retiré, mis utilidades nunca me las dieron. Esa plata se la quedaron los anteriores gobiernos. Se peleó con este gobierno, pero nunca recibí beneficios por mi tiempo de trabajo”, relata.
El salario mínimo de Venezuela es actualmente el más bajo de Latinoamérica. Por ello, dejó de usarse como referencia incluso en la administración pública, donde los ingresos de un trabajador rondan los 164 dólares, entre el bono de alimentación y el bono de guerra económica. Cabe recordar que estos bonos no forman parte del sueldo establecido por la ley, por lo que no inciden en las prestaciones laborales, que se calculan con base en el sueldo de Bs. 130.

Por otro lado, el panorama en el sector privado tampoco parece mejor. De acuerdo con el Observatorio Venezolano de Finanzas (OVF), en el Área Metropolitana de Caracas el sueldo promedio en el rubro de comercio y servicios ronda los $234. En el caso del personal obrero, los ingresos serían de alrededor de $217, $340 para técnicos y profesionales, y $531 para gerentes.
Estas cifras no siempre se cumplen, con empleados que pueden ganar apenas $150 en algunos negocios, mientras que los ingresos de un buhonero pueden ser de entre $30 y $50 semanales, con sus altas y bajas. Todo esto en un contexto donde la canasta básica familiar ya supera los $542,94, de acuerdo con el Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas-FVM).
De oficinas a mercado
Tras el desalojo de los buhoneros del bulevar, en septiembre de 2007 el gobierno de Chávez lanzó el “plan excepcional de desarrollo económico y social de transformación de la economía informal en economía popular”. Es decir, el proyecto para reubicar a esos más de 5 mil comerciantes concentrados solamente en Sabana Grande. Algunos ya habían sido llevados a un terreno llamado “el Gran Mercado”, al final de la avenida Casanova.

En la Gaceta Oficial N° 38.762 se aprobó para este plan un presupuesto de 45 millardos de bolívares (unos $20,9 millones al cambio oficial de la época) para la compra de la torre Incimar, ubicada en pleno bulevar, a unas cuadras de Chacaito. Diseñado por el reconocido arquitecto Pablo Lasala en 1987, originalmente albergaría las Galerías Notre Dame, un complejo comercial y de oficinas, pero poco después de iniciar su construcción el proyecto se paralizó. Por más de dos décadas había sido un esqueleto de concreto abandonado a un lado del río de tarantines.
El decreto daba un plazo de 180 días hábiles para acondicionar por completo el inmueble y reubicar allí a una fracción de los buhoneros censados. No obstante, la obra tardó más de cinco años en completarse, pasando en el camino a jurisdicción del Ministerio de Comunas. Finalmente se inauguró en 2012 con el nombre de Centro de Economía Comunal Manuelita Sáenz, con más de 900 locales que se adjudicaron a unos 1.200 comerciantes informales.
De vuelta a la calle

A unos metros del edificio de 12 pisos de concreto y cristal, el equipo de El Diario habló con una comerciante que vende ropa en pleno bulevar, a pesar de tener un local en el CEC Manuelita Sáenz. “Allá las condiciones eran fuertes y la gente siempre prefiere la calle, así que nosotros optamos por bajar otra vez”, asegura.
La vendedora, que tiene más de 30 años en Sabana Grande, explica que fue una de las pioneras beneficiadas al abrir el centro comercial, y que nunca había tenido problemas allí. Cuenta que sus ventas solían ser buenas, pero aproximadamente hace siete años el bulevar comenzó a llenarse nuevamente de buhoneros. Notó que poco a poco comenzaba a perder clientes, por lo que decidió volver a la calle.
Reconoce que en el bulevar sus ventas son mucho mayores a las de su local, aunque igual han mermado bastante y siguen lejos de lo que podía hacer antes del regreso de los buhoneros. Aun así, destaca que con tres o cuatro prendas que logra vender en la semana es suficiente para mantenerse.

“A veces le digo a la gente para ir al local y que lo conozcan, y me dicen que no, que prefieren comprar aquí de una vez”, lamenta, a la vez que asegura no ser la única en esa misma situación.
El equipo de El Diario visitó el CEC Manuelita Sáenz y encontró que gran parte de sus locales actualmente se encuentran ocupados y operativos. Desde tiendas de ropa y tecnología, hasta peluquerías, una óptica e incluso un pequeño spa. Algunos locales abarcan más de un cubículo, y solo en los pisos superiores, como el 4, se vieron pasillos de santamarías cerradas. En cuanto al estado de las instalaciones, si bien los propios comerciantes se encargan de mantener los pasillos limpios, en casi todos los pisos las escaleras mecánicas estaban fuera de servicio.
Espacios despejados
El comercio informal en Sabana Grande aumentó paulatinamente, sobre todo durante la pandemia de covid-19. En agosto de 2022, la alcaldesa de Caracas, Carmen Meléndez, anunció un plan para despejar otra vez la zona de buhoneros y estacionamientos improvisados. “Estamos tomando todas las acciones correspondientes para que no haya anarquía en el bulevar. En 15 días vamos a hacer una limpieza”, dijo. Pero pasadas las semanas, el plan no se concretó.

No fue hasta el 5 de agosto de 2025 que comenzó la limpieza de buhoneros en varias zonas de Caracas. Durante la madrugada, policías y funcionarios de la Alcaldía se llevaron todos los tarantines y mercancía de los buhoneros que estaban en la avenida Universidad y las adyacencias de la plaza Narváez, en La Hoyada. Esa misma semana hicieron un operativo similar en el bulevar de Catia.
La noticia fue ampliamente celebrada por usuarios en redes sociales, quienes afirmaban que en estos espacios se había vuelto imposible caminar libremente por la cantidad de buhoneros. Muchos de los comentarios apuntaban que Sabana Grande debía ser el próximo objetivo del operativo, pero hasta el momento la alcaldía no se ha pronunciado al respecto.

Algunas de estas solicitudes vienen de los comerciantes y empresarios formales del bulevar. “No vendemos nada en todo el día porque nos tapan”, declaró la propietaria de un local en un pequeño centro comercial en entrevista para El Diario. Aunque destaca que todos tienen derecho al trabajo, indicó que el bulevar actualmente está desbordado, y la competencia afecta a todos los negocios bloqueados por las murallas de tarantines.
A las bajas ventas, agrega otros factores que le han provocado pérdidas a su negocio. Entre ellas enumera el pago de alquiler, servicios de luz y aseo, los sueldos de sus trabajadores, así como los impuestos municipales.
Conciencia

Los propios buhoneros admiten que la situación se ha salido de control en Sabana Grande. Por eso, aunque les afecte también a ellos, algunos aceptarían un nuevo plan para despejar el bulevar. “Hay gente entre nosotros que no ha ayudado, que no tiene un estado de consciencia y quieren abordar todos los espacios públicos. De cierta manera el gobierno tiene también sus razones, aunque salgamos perjudicados”, reflexiona Víctor Hugo.
Por su parte, la comerciante del CEC Manuelita Sáenz coincide en que sería una medida necesaria. No obstante, así como pide a las autoridades reubicar a los buhoneros de la misma forma en que se hizo con ella hace 17 años, también pide recuperar los espacios del mercado para que sea nuevamente atractivo para los clientes.
“Han hecho muchas veces transformaciones, les dieron un centro comercial, pero otra vez están acá”, argumenta a su vez la propietaria del negocio formal, quien en 25 años ha visto repetirse el ciclo de desalojos de buhoneros que al tiempo regresan. Mientras tanto, los gritos de “se compra oro, plata, dólares” se cuelan desde la calle, entre pasadizos de ropa y maniquíes.
La entrada Buhoneros de Sabana Grande: “La gente siempre prefiere la calle” se publicó primero en El Diario.