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El Hombre Aeropuerto

La Actualidad Noticia Por La Actualidad Noticia
agosto 29, 2025
en Concurso de Crónicas, Concurso de crónicas de El Diario, Cultura, El Diario, Identidad venezolana
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El Hombre Aeropuerto
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Texto de Carlos “Caque” Armas.

Un actor es en esencia una persona que quiere ser vista. Eso me lo dijo una vez mi profesora de teatro. 

Yo no soy actor, pero lo fui por un tiempo. En la universidad, durante los cinco años que formé parte del grupo de Teatro UCAB (Universidad Católica Andrés Bello), cuando no sabía bien ni quién era yo mismo. Pero me di cuenta rápido de que no tenía talento ni madera suficiente para un oficio tan rudo. Me decanté por la dirección y la escritura de guiones. No es que fuera más fácil, pero con eso medio me mantuve. Me independicé, viajé, me casé, me divorcié, me volví a casar y, como media Venezuela, emigré sin plan hace ya 11 años.

Los avatares de mi migración y reinvención en Ciudad de México son material de otra crónica. Pero siento que, en resumen, me ha ido bien. He logrado mantenerme en pie a pesar del reseteo que implicó empezar de cero, sin desviarme de mi carrera en el medio audiovisual. Todo sin nostalgias ni remordimientos de esa breve etapa en la que creí que la actuación podía ser lo mío. Una época que, más allá de buenos amigos y recuerdos,  yo consideraba enterrada.

Hasta que en noviembre de 2023, ese pasado que yo daba por muerto me llamó por teléfono. 

–¿Hablo con Caque, Caque Armas?

Al principio creí que era un banco o una de esas ofertas de marketing telefónico con las que te vuelven loco acá en México. Pero resultó que era de parte de una agencia de casting que buscaba actores venezolanos para una película que se filmaría aquí en los próximos meses. Debe ser broma o un error, pensé. Pero luego la chica me dijo que mi número se lo había dado Beto Benites, un nombre pesado en el mundo de dirección de casting del cine venezolano. 

Cómo Beto consiguió mi número es un misterio. Si alguna vez estreché su mano en Caracas fue por pura casualidad y, más allá de algún cruce en eventos sociales que quizás inventa mi mala memoria, no hemos tenido ninguna relación. Jamás hice casting para películas. 

Deben estar necesitando a mucha gente, pensé. Actores venezolanos en la CDMX hay muchísimos y buenísimos, con y sin fama. Al poco tiempo de llegar, me di cuenta de que esta ciudad es la capital audiovisual de Latinoamérica. Acá, hasta los gringos vienen a filmar sus películas “de Hollywood”, obviamente porque les sale más barato, con mano de obra dispuesta a trabajar más y por menos de lo que los sindicatos permiten en Estados Unidos. Pero también porque aquí hay una industria. Aquí se produce cine, televisión y contenido de redes sociales, no solo para México, sino para toda la región. 

A esta otra “meca” vienen actores de todas partes a buscarse la vida. Cuando se abre alguna convocatoria de casting, las salas de espera de las agencias se llenan de cualquier cantidad de acentos. Hasta rusos y polacos que dan el perfil de “blanquito aspiracional” que tanto gusta a las productoras mexicanas. Quien no habla español, bien puede sonreír y lucir guapo en un anuncio de botanas mega picantes. 

Quienes manejan el idioma, pueden aspirar a otro tipo de roles, siempre y cuando puedan enterrar su acento para pasar por mexicanos o hacer eso que llaman “acento neutro”.  Es común encontrarte con actores que en Venezuela tenían cierto renombre compitiendo en igualdad de condiciones con desconocidos de Argentina, Colombia, Bolivia o Perú, todos desprovistos de la fama que alguna vez tuvieron en “la patria”. 

Entonces, con tanto talento, caras bonitas y caché suelto en las calles chilangas… ¿Pa’ qué me va estar buscando Beto Benites a mí, que nunca actué bien y no lo hacía desde hace veintipico de años? 

***

Me pidieron que grabara un casting con mi teléfono y lo enviara a una dirección de correo. Plano medio (de la cintura para arriba) de frente, de ambos perfiles, dando mi nombre completo, edad y dirección. Luego debía improvisar una escena en la que hablara con una operadora telefónica para recuperar un dinero hasta que perdiera la paciencia y me molestara. 

Grabé mi vaina. ¿Por qué no? En la sala de mi casa, frente a una pared blanca y asegurándome de estar solo para que mi esposa no me chalequeara. ¿Qué podía perder? 

Era una oportunidad de “aceitar el instrumento” y salir de la rutina de mi trabajo como Ejecutivo de Desarrollos de una casa productora global que intenta vender ideas y formatos de programas de televisión, series y películas, a las grandes cadenas de TV y streaming que operan en la región. A pesar de lo rimbombante que suena el cargo, es un papel bastante anónimo en la industria. Perfecto para alguien que no es actor y no necesita ser visto. O que cree que no lo necesita.

Apenas envié mi audición se me llenó la cabeza de dudas. ¿Y quién va a ver ese video?, ¿y si es una estafa?, ¿y si quedo?, ¿te imaginas, Gilberto?, ¿y si quedo y es para una película que va a limpiarle la cara al régimen de allá?, ¿y si es para hacer de narco o algo que ensucie aún más el gentilicio? ¡Ni siquiera pregunté cómo se llamaba la película o quién la hacía!

Pasaron días en los que fue mermando mi ansiedad pensando en que lo más probable es que no me llamarían de vuelta. Lo saqué por completo de mi cabeza, hasta que casi un mes después, llamaron: 

–Fuiste seleccionado para el call back. ¿Sigues interesado?

Cometí el mismo error de no preguntar nada y el faramallero que llevo dentro dijo que sí. Esta vez sí se lo conté a mi esposa, quien sí me chalequeó diciendo que sería el nuevo Roque Valero, el Édgar que no lo logró, etc.,  pero también se emocionó conmigo. La idea de quedar en un casting, así sea para una segunda prueba, fue sorpresivamente excitante para ambos. Nos dio risas y una anécdota para conversar y fantasear. Vamos, no importaba ya si quedaba o no en la película, de esto mínimo saldría un buen cuento para los amigos y familiares.

Me citaron en una casa en San Ángel, donde quedaba la agencia. Había varias actrices venezolanas esperando, quienes tampoco sabían de qué iba la película o quiénes estaban detrás. Me hicieron firmar una planilla para guardar mis datos y un acuerdo de confidencialidad con el que me comprometí a mantener en secreto cualquier aspecto que tenga que ver con el proyecto.  Esa es la razón por la que en esta crónica no daré algunos detalles específicos. 

Cuando me llamaron y entré a la oficina donde me esperaban la cámara, un sinfín gris y el equipo técnico, el 80 % de mis dudas se disiparon. Las directoras del proyecto eran Mariana Rondón y Marité Ugas, responsables de varias de las películas venezolanas más dignas de los últimos años y a quienes había entrevistado varias veces en mi época de periodista. Bien que la película no sería un panfleto de proselitismo oficialista. Nos reconocimos de inmediato con una sonrisa.  

Abrazos, saludos y una breve charla para ponernos al día y entrar en calor. Me puse en posición y Mariana me dio la instrucción de la escena que debía improvisar junto con un actor profesional. Mi personaje era venezolano (claro) y debía estar tranquilo atendiendo su negocio, cuando de repente recibe la visita de un militar a quien le debe dinero. Mi supuesta esposa está al fondo de la tienda y yo debo tratar de que me den más tiempo para conseguir el dinero sin que ella se entere.

Que el actor que hacía de Guardia Nacional me intimidara realmente fue un gran recordatorio de por qué no me dediqué a la actuación. Hice lo que pude. Al terminar, Mariana sonrió y me dijo:

–Wow, eres demasiado caraqueño.

–¿Eso es bueno o malo?–respondí.

–Ni bueno ni malo, pero me impresiona lo caraqueño que eres.

Entendí que era una manera linda de decir que no lo logré. Igual, fue muy cómico que me dijera eso porque ahora cada vez que voy a Venezuela me dicen que estoy hablando mexicanísimo (yo no les creo). Acá lo normal es que el mexicano ni reconozca mi acento. Me confunden con español (no entiendo cómo), colombiano (“hablas como los de Betty, la fea”), cubano (supongo que el Caribe nos iguala) y hasta argentino (¿de dónde, boludo?), pero nunca me preguntan si soy venezolano. Supongo que no están acostumbrados a escuchar nuestro acento. 

Nos despedimos con fotico para el recuerdo y buenos deseos para la peli. Lindo el hiato, el encuentro y la experiencia de “ser actor” por unas horas, pero ya era tiempo de volver a mi vida real.

***

Una parte importante de mi trabajo es pichear proyectos. Como en el beisbol, lanzo mis ideas a ejecutivos de contenido de las plataformas a ver si las atajan o las batean. Una atajada significa que pasaremos a la etapa de desarrollo, escritura y producción. La gloria, ese es mi jonrón. Si me batean, me voy con mi idea entre las patas a otro lado, a reescribirla o meterla en la carpeta gigante de las ideas no realizadas. 

Recuerdo que cuando entré a la compañía, la jefa de aquel entonces me dijo al contratarme: 

–Este es el trabajo del no. Así que nunca te lo tomes personal.

Pero es difícil no hacerlo. Especialmente cuando es obvio que las historias y temas venezolanos son casi invisibles en las plataformas de streaming. Una exploración rápida de sus catálogos te muestra cuán paupérrimo es todo para nuestro gentilicio en esta industria.

En Netflix solo está la película Simón (2023), una novela colombiana sobre Bolívar, un episodio de una serie sobre comida callejera latinoamericana donde seguro sale una arepa y un documental sobre trata de personas donde las principales víctimas son prostitutas venezolanas; en HBO Max, apenas un documental sobre Gustavo Dudamel hecho por un gringo y un capítulo de un reality con un tipo al que dejan abandonado en un tepuy; en Apple y en Disney, nada, salvo un par de películas gringas con Edgar Ramírez; todos mejor que Mubi, la plataforma de “cine de autor” donde deposité mis esperanzas, pero las aplastó con un único resultado en la sección de “Cast & crew” con un técnico de efectos que se apellida Venezuela. 

Y cierto, en Youtube, VIX, Pluto TV o incluso Prime Video uno puede encontrar telenovelas de las décadas de los ochenta y noventa, series viejas y programas sacados de algún archivo de Radio Caracas Televisión (RCTV) o Venevisión. Pero son todos recuerdos fantasmales de un país que ya no existe,  producciones previas al colapso de esa industria venezolana que en algún momento fue competitiva. Verlas se siente más como una investigación antropológica que una apuesta al entretenimiento.

En la geopolítica actual de las grandes plataformas de streaming, Latinoamérica son solo cuatro países: México, Argentina, Brasil y, en mucha menor medida, Colombia. Suerte si quieres ver ese clásico del cine cubano o alguna apuesta peruana, uruguaya o centroamericana. Otros ya han escrito las razones de esas ausencias mejor de lo que yo podría hacerlo acá: calidad poco competitiva, acaparamiento del contenido anglo, licencias que favorecen ciertos mercados, algoritmos, audiencia incuantificable por la migración, controles cambiarios y priorización del contenido que dicen “apela a audiencias globales”.

Esto último a veces es un puñetazo. Tal vez sea solo cosa mía, pero ese argumento me hace sentir como si no fuéramos parte de esa “audiencia global”. Sin ánimos de ser victimista, chauvinista o de criterio parcializado, pienso en los últimos años de Venezuela: una de las crisis migratorias más grandes del planeta (con todas las historias mínimas que la conforman), unas elecciones más que cuestionables, crisis humanitarias, persecución política, satanización del gentilicio, etc. 

Si la emoción y lo “eternamente humano” es lo que nos hace reconocernos en este planeta, ¿son las emociones de estos eventos menos valiosas que las que despierta la historia de Luis Miguel o Chespirito?, ¿hay alguna razón por la que al medio le interesa más conocer la historia de Argentina 1985 que la de Perú 1992 o el Caracazo de 1989?

El talento venezolano en la industria audiovisual latinoamericana puede que no se vea a primera vista en el menú de una plataforma, pero sí está presente en su ADN. Técnicos, fotógrafos, actores haciendo de mexicanos en el reparto, guionistas, directores, productores, estamos ahí. Yo ingenuamente pensé al llegar a este trabajo que mi aporte podría ser facilitar la entrada a las streamers de proyectos que visivilizaran parte de nuestra historia reciente (no solo míos, sino de muchos colegas que buscan una productora que los apadrine). 

–Por favor, no me piches nada venezolano, que eso no nos funciona –me dijo una vez un ejecutivo de proyectos documentales de una de las plataformas más grandes del mundo.

–Increíble historia, pero ya sabes que lo venezolano es más como para la BBC –me dijo otro, dejando las razones en puntos suspensivos. 

La menos dolorosa:  

–La verdad, desconozco. Tengo que informarme mejor.

Si para mucha gente la realidad es eso que sucede en las pantallas, guiándonos por nuestra presencia en plataformas, Venezuela prácticamente no existe. Con razón no reconocen nuestro acento. Ahora más que nunca entiendo a quienes se emocionaron con la nueva versión de la Sirenita negra, claro que importa ser vistos, y yo quiero que como país seamos vistos.

***

–Quedé en el casting. 

–Coño de la madre, yo sabía.– me dijo Fabi, mi esposa, muerta de risa. –Eres un lechúo. Tanto actor sin trabajo queriendo entrar a algún proyecto y tú, que no haces esa vaina, vas y quedas.

–Totalmente inesperado.

–¿Y quién eres?

–Seré el “Hombre Aeropuerto». 

Me miró raro.

–Es eso que llaman “Extra glorificado”. Apenas tengo una línea: “Tienes que portarte bien, Danielito, ayuda a tu mamá. Te prometo que voy a estar aquí el próximo año”.

–Ajá pero, ¿qué haces?, ¿quién eres?, ¿eres bueno?, ¿malo?, ¿qué aeropuerto?, ¿Maiquetía?, ¿cómo se llama la película?

Demasiadas preguntas para las que no tenía respuesta. Llamé de vuelta a la productora porque, si algo me enseñó mi profesora de teatro, es que no hay papel pequeño. Para poder crear la ilusión de una ficción hay que tomárselo todo en serio, hay que creérselo. 

–¿Puedo leer el guion? 

–No. 

–¿Pueden decirme quién es mi personaje?, ¿en qué contexto se da mi texto? Más allá de que sucede en un aeropuerto, supongo.

– Mira, más adelante habrá trabajo de mesa, yo solo soy logística. 

–Vale. 

–Lo que sí podemos es ir organizando cosas de vestuario y maquillaje contigo.

–Pues díganme ustedes qué necesita el personaje, aún no tengo idea de quién es o qué hace. ¿Voy con o sin barba?, ¿qué tan larga?, ¿el cabello?, ¿lo necesitan más largo?, ¿puedo cortármelo? 

La pobre debió pensar que soy un divo intenso. Pero la ausencia de información me dio carta blanca para imaginar de cero este personaje. ¿Quién era este “Hombre aeropuerto”?, ¿a dónde iba?, ¿O estaba llegando?, ¿Qué edad tendría Danielito y qué relación tendría yo con su mamá?, ¿será acaso otro hijo del divorcio o de una migración forzada? Capaz que yo estaba yéndome adelante para buscar una vida mejor en el extranjero mientras ellos me esperaban. Pobres. ¿Y yo?, ¿estaría siendo sincero?, ¿o sería uno de esos padres que abandonan y consiguen otra mujer, una gringa seguro, que me diera papeles y dólares? ¡Lacra! ¡Ojalá que no!

Fuera de joda, la pregunta que me quitaba el sueño era la de cómo hacer de venezolano. Hasta ahora eso siempre me había salido así, natural. Sin darle mucha cabeza. Ahora tenía que soñarme un nuevo yo. Con otra vida, un hijo, otros gustos, otras preocupaciones en las que tal vez coincidiríamos o tal vez no. 

Me convocaron a una prueba de vestuario en una casa inmensa, llena de ropa vieja. Yo llevé algunas propuestas con las que me sentía cómodo y que sentía que aportaban piezas a ese rompecabezas que era el Hombre Aeropuerto. Pero la directora de vestuario me desbarató los planes. En su lugar, escogió de su almacén unos zapatos gastados, un pantalón que me quedaba ancho y una chaqueta como las que usaba mi papá para ir al trabajo en los años ochenta.

–Creo que me queda todo un poco grande– le dije.

–Es la idea.

–Claro. Porque migrante, roto, con hambre… ¿No?

Ella sonrió y me hizo un gesto con los hombros. 

***

El llamado fue el 23 de mayo de 2024. Un Uber pasó buscándome por la puerta de mi casa a las 6:40 am para llevarme al Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), en Santa Lucía, a hora y media de mi casa. Al final sí me pidieron que me afeitara la barba.

A partir de ese momento empecé a sentirme divo. No todos los llamados te pasan buscando por tu casa en un carro solo para ti. 

En el camino traté de pensar qué sentía un hombre que debía dejar a su esposa y a su hijo por tiempo indefinido. Despidiéndose por celular. Incierto sobre lo que le esperaba lejos, en otro país. ¿Cómo viviría él esas ausencias? Su salto al vacío era el mismo que di yo (sin hijos) hace 11 años, el mismo que ya han dado ya millones de venezolanos que se fueron. Supuse que tenía que canalizar toda esa vibra en esa sola línea. 

Llegamos al estacionamiento del aeropuerto, donde la producción había armado un pequeño campamento. Me dieron un tráiler para mí solo identificado en la puerta con un cartel que decía “Hombre Aeropuerto”. 

¡No mames! ¿Quién dijo divo? 

Adentro estaba mi vestuario. Me lo puse y de inmediato pasé a la sala de maquillaje. Allí me echaron base en el rostro, algo de color para las ojeras y con un spray negro pegostoso me pintaron las entradas. Odié esta parte, pero allí, frente al espejo, más cerca del momento de filmación, seguí intenseando con la búsqueda del personaje.

¿Con cuánto dinero contaba el Hombre Aeropuerto una vez que aterrizara afuera, en otro país, sin trabajo, sin contactos, sin nada seguro?, ¿le tocaría dormir en un albergue como le tocó a mi primo Jonathan cuando se fue a España?, ¿estaría dispuesto a dejar su carrera y trabajar como mesero, como hizo mi primo Virgilio en Madrid? Quizás el Hombre Aeropuerto era precisamente eso, un miedo y una duda ambulante.

Me llevaron luego al sitio exacto del rodaje. El AIFA es un aeropuerto nuevo, no tiene ni tres años. Es elegante, inmenso (como todo en México) y aún subutilizado por las aerolíneas, por eso cuenta con alas completas que están desocupadas. En uno de estos espacios, el equipo de arte de la película construyó los mostradores del área de control de pasaportes de ese aeropuerto internacional ficticio donde tendría lugar la escena.

Los elementos de utilería someramente describían un falso país; banderas verticales, amarillo, azul y rojo, con triángulos en lugar de estrellas. La historia total de este país desconocido, con sus arquitecturas, sus héroes, tiranos y mitologías, la completaban los más de cien extras (no glorificados) que esperaban en el lugar por directrices. Ellos también eran parte de la escenografía. Por eso les pagan poco más de mil pesos al día (unos 200 dólares), que con una comida y refrigerios, hacen que sea una actividad más o menos rentable para algunos. No todo extra es o quiere ser actor. Conozco a varios venezolanos que viven o “matan tigres” haciendo trabajo de extra en distintas producciones acá en México, solo por el dinero; quizás la versión más rentable del oficio es la de ser público que aplaude en programas de variedades. 

El grueso del trabajo de extra es esperar. Con los cambios de luz, vestuario, escenografía, las múltiples tomas y los típicos errores que pueden suceder en un set de filmación, una jornada puede llegar a durar hasta 24 horas. No es un trabajo fácil, especialmente si, como yo, odias los tiempos de espera.

A mí, como era “glorificado”, me pusieron en una silla junto a una actriz de verdad, Carla Müller o Carla “Mariña”, como le decimos algunos panas que la conocemos desde Venezuela. Ustedes seguro la han visto en alguna película, comercial, obra de teatro o, más recientemente, como una de las cuñadas de Chespirito en la serie de HBO. Ella también ha tenido que esconder su acento incluso en las entrevistas que hace para promocionar la serie. 

Aquí somos venezolanos dentro y fuera del set. Nos reímos y jodemos para suavizar la espera. Es ella la que por fin me revela el nombre de la película que estamos filmando. Se trata de la adaptación de un exitoso libro escrito por una venezolana, cosa que me llena de emoción porque hace años que lo leí. Ahí entendí qué diablos estábamos haciendo en ese aeropuerto y por qué mi personaje debía estar flaco y angustiado. Entendí por qué el personaje de Carla tendría una gran escena y volví a recordar por qué hay gente que se dedica a esto con tanta pasión. Carla se comió su escena. Es una crack.

***

Mientras Carla actuaba, estuve sentado junto a una de las actrices protagónicas. Una colombiana que hace de venezolana, pequeña, bella y simpática. Muy comprometida con las escenas que rodaba y con el contexto en que esta historia se desarrollaba.

Y es que sin importar la nacionalidad, todos los que estábamos en ese aeropuerto trabajábamos en pro de crear un país ficticio, absurdo, uno que no es compatible con el mundo real. Un país donde la realidad cede para que detengan a una periodista en el aeropuerto por haber escrito y dicho algo en contra del régimen que lo gobierna. 

–Listo. Queda. Movemos todo al pasillo, conserven posiciones. Hombre Aeropuerto, te necesitamos aquí.– grita el asistente de Dirección.

Pienso que lo único que quiero es no cagarla. El equipo tiene aún mil tomas y escenas por delante, además de la mía.

–Tienes que portarte bien, Danielito, ayuda a tu mamá. Te prometo que voy a estar aquí el próximo año.

Me lo repito mil veces para no tartamudear, para creérmelo y rezar para que esto salga a la primera. Dejo que me marquen movimiento, respiro hondo y dejo que el vacío en el estómago se asiente.

–¡Posiciones! ¡Listos! ¡Rueda cámara! ¡Acción!

Fueron pocos segundos entre el grito y mi línea, pero suficientes para visualizar e intensear el viaje de este hombre de clase media baja, criado bajo la creencia obsoleta de que una carrera universitaria sería lo suficientemente estable para mantenerlo a él y a su familia en este país ilógico que no existe. Me imaginé su trabajo, la incertidumbre por la inestabilidad política. El desencanto. Vi sus noches de insomnio al no saber si podría llegar a fin de mes. Vi sus problemas con Rosa, su mujer, al no poder llevar suficiente dinero a casa. Sentí el dolor de su abandono cuando lo dejaron por otro. Maldita sea, hasta saboreé el ron que casi lo vuelve alcohólico. Lo vi tocar fondo, llorar y luego ver la luz. Sentí el sudor de las subidas de cerro que sanaron su herida amorosa y la realización en esa cima parecida a Sabas Nieves, sin ser Sabas Nieves, cuando mirando la capital al atardecer entendió que no había más futuro para él en esa ciudad de la furia. Estuve en sus despedidas, sintiendo su tristeza y la reafirmación de que debía irse. Lo acompañé a hacer la maleta y sentí el vacío de lo que fue gastarse sus ahorros en el boleto que lo llevaría a esa nueva ciudad. Apreté duro a su hijo la noche del adiós. Tomamos el taxi decididos, hicimos el registro, pasamos migración y vimos por última vez el paisaje de esa Maiquetía que no era Maiquetía, antes de tomar el avión, no sin antes llamar y despedirse de Danielito, lloroso, pero sabiendo que no podía transmitirle su pesar. Solo podía darle una mentira piadosa que decía:

–Tienes que portarte bien, Danielito, ayuda a tu mamá. Te prometo que voy a estar aquí el próximo año.

–¡Corte! ¡Queda!

La entrada El Hombre Aeropuerto se publicó primero en El Diario.

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