Pocos días después de regresar a Venezuela, Carlos Uzcátegui emprendió un camino de peregrinación para pagar su promesa. Caminó alrededor de 75 kilómetros desde su casa en el municipio Lobatera hasta el municipio Jáuregui, ambos en el estado Táchira, para visitar el templo del Santo Cristo de La Grita en su día central de celebración, el 6 de agosto. Entregado a su fe, le dio las gracias por el favor de traerlo de vuelta a su país tras meses de vivir un infierno en el extranjero.
Carlos fue uno de los 252 migrantes venezolanos detenidos en Estados Unidos y enviados por la administración de Donald Trump a una cárcel de máxima seguridad en El Salvador bajo la Ley de Enemigos Extranjeros. Acusados por las autoridades de pertenecer al grupo criminal Tren de Aragua, los encerraron el 15 de marzo de 2025 en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot), donde, de acuerdo con los testimonios recogidos por los detenidos, sufrieron violaciones sistemáticas de sus derechos humanos por parte de los guardias del penal.
Tras cuatro meses allí, el 18 de julio fueron finalmente liberados y repatriados como parte de un acuerdo político entre los gobiernos de Estados Unidos, Venezuela y El Salvador. Los recuerdos de lo vivido en el Cecot apagan la voz de Carlos cada vez que le toca evocarlos. Sin embargo, encuentra consuelo en saber que ahora puede abrazar a su esposa Gabriela Mora y a su hija, dormir nuevamente en su cama y recuperar con su familia todo el tiempo perdido.
“Todos estos días con mi familia han sido muy agradables. Estoy muy feliz estar nuevamente aquí en mi casa, a pesar de las cosas que viví, y ya saber de que me despierto y veo a mi esposa, veo a mi hija, puedo ver a mis seres queridos”, declaró en entrevista para El Diario.
La pesadilla americana

Carlos, de 32 de años de edad, nació en Caracas, pero desde muy joven se mudó a Táchira, donde trabajó en las minas de carbón de Lobatera. Tras una huelga de mineros en 2023 que lo dejó varios meses desempleado decidió emigrar a Estados Unidos para darle una mejor calidad de vida a su esposa e hija. En marzo de 2024 salió del país y tras semanas de travesía en las que cruzó la selva de Darién, en Panamá, llegó a México. Allí se estableció temporalmente mientras hacía su solicitud de asilo a través de la aplicación CBP One.
Aunque tuvo su cita migratoria el 10 de diciembre de 2024, no logró ingresar a Estados Unidos. En cambio, las autoridades lo dejaron recluido en el centro de detención para migrantes y refugiados de El Valle, en Texas. Carlos indica que pasó los meses siguientes allí tratando de gestionar su asilo ante una corte, mientras trabajaba como asistente de cocina en el centro. Allí podía salir a sus patios y ver televisión por las tardes, además de hablar con su familia por una aplicación.
“Los guardias de Texas eran algo racistas con nosotros los venezolanos, pero gracias a Dios no tuve problemas con ninguno de los guardias ni ningún otro problema”, dice.
Enviado al Cecot

Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025, Carlos pidió al juez su deportación a Venezuela. Ya había visto a compañeros de El Valle ser enviados a la base militar de Guantánamo, en Cuba, por lo que prefirió regresar a su país voluntariamente. El juez lo aprobó el 26 de febrero.
Tenía su vuelo programado el 14 de marzo, pero las autoridades del centro le dijeron que se había cancelado por condiciones climáticas adversas. Fue entonces cuando agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) lo llamaron para abordar otro vuelo, diciéndole que ahora sí partirían a Venezuela.

“Nos sacaron en buses hasta un aeropuerto que estaba ahí cerca, donde nos llevaron esposados de pies y manos. Y ahí fue cuando salimos sin saber para dónde íbamos, y aterrizamos en El Salvador. En el avión que yo estaba iban varios salvadoreños, y nosotros pensamos que aterrizamos ahí porque iban a bajar los salvadoreños y después seguíamos hasta Venezuela”, contó.
Pero eso no ocurrió. Carlos fue parte de un primer grupo de 238 venezolanos enviados al Cecot en un acuerdo entre la administración de Trump y el gobierno del salvadoreño Nayib Bukele. En los meses siguientes otros dos grupos de venezolanos completarían la cifra final de 252 detenidos, que de acuerdo con ambos países, eran “criminales peligrosos”.
La primera noche

Carlos recuerda que fue “sumamente impactante” su traslado al Cecot. Era de madrugada y nadie sabía qué estaba pasando. Del ICE pasaron a estar bajo custodia de la policía salvadoreña, quienes a empujones los sacaron del avión y los montaron en autobuses sin explicarles nada. A partir de allí todo se tornó bastante agresivo: golpe tras golpe, los llevaron a una sala en donde los sometieron y, de rodillas, les raparon el cabello.
Afirma que los dejaron en sus celdas sin camisa, únicamente en shorts blancos, y los obligaron a dormir sobre unas latas de metal sin colchones. Un guardia parado del otro lado de los barrotes se encargaba de vigilar cada uno de sus actos. Así, en shock y sin entender aún su situación, pasó su primera noche en el Cecot. En los rostros de sus compañeros veía que todos estaban igual que él. “Es algo que de verdad no supero hasta los momentos”, comenta.

En ese momento Carlos pensó en su familia. Justamente ese 16 de marzo su hija cumplía 7 años de edad, y al igual que su esposa, su niña pensaba que él ya estaba en camino a Venezuela para celebrar. No tenía forma de comunicarse con ellas, y en la cárcel nadie les daba información sobre lo que había ocurrido. Los guardias ni siquiera les dirigieron la palabra los primeros días, hasta que cuatro días después les avisaron que esa sería su nueva realidad. Vivir en una cárcel de la que el propio gobierno salvadoreño se jactaba que nadie saldría jamás.
“Pensábamos que nos íbamos a quedar ahí para siempre, porque eso es lo que nos pasaba por la mente con los maltratos, los golpes de todo, el dormir ahí fue algo muy, muy…”. Carlos deja el resto de la oración en el aire. Se queda sin palabras para describirlo.
Horas eternas

“Angustiante”, “Muy desesperante”, son algunos de los adjetivos que Carlos por fin encuentra para calificar el día a día en el Cecot. La rutina consistía en levantarse siempre a las 4:00 am, la única hora en la que les permitían usar la pila de agua de la celda para asearse. Luego tenían una de las dos comidas que les daban al día, y en las que nunca había carne. El resto del día transcurría en un constante tedio, viendo pasar las horas encerrados sin hacer nada ni ver jamás la luz del sol.
La vigilancia era absoluta. La más mínima falta bastaba para ganarse los gritos de algún guardia o una golpiza, que no faltaban a diario. Asegura que ni siquiera les permitían tumbarse en sus literas. “Teníamos que estar despiertos y acostarnos solo cuando ellos nos decían, era algo muy traumante. La rutina de nosotros no era ninguna, hablar entre los compañeros que estábamos ahí, y hablar bajito”, señala.

Cada 10 días los rotaban de celda, con diferentes compañeros, aunque siempre eran todos venezolanos. Carlos aclara que nunca los mezclaron con los reos salvadoreños, muchos de ellos convictos por pertenecer a pandillas como la Mara Salvatrucha o Barrio 18. Aunque las celdas del Cecot tienen capacidad para 80 personas, siempre los rotaban en grupos de entre 10 y 20 personas.
Tras visitar el Cecot el 26 de marzo, la secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Kristi Noem, declaró que los venezolanos detenidos se encontraban en buenas condiciones. Aseguró que recibían atención médica, comidas completas, e incluso tenían “tiempo para hacer ejercicio”. Agregó que, a diferencia de los reos salvadoreños, ellos dormían en camas con colchonetas.
Carlos desmiente esto. Afirma que solo les daban colchones y mejoraban la atención cuando recibían la visita de funcionarios estadounidenses o de la Cruz Roja. Luego se los quitaban en la siguiente rotación y volvían a la misma precariedad. Sus únicas pertenencias eran su ropa (una camisa, shorts y sandalias crocs), una sábana y una toalla.
Golpizas constantes

Lo que no variaba nunca en el Cecot eran los maltratos. Siempre los golpeaban al momento de sacarlos de sus celdas y a veces simplemente sin ningún motivo. Al ir por los pabellones debían estar esposados de manos y pies, salir de rodillas y andar casi gateando a donde los guardias los llevaran.
Cualquier acto de resistencia, forcejeo o queja ameritaba un tiempo en la celda de aislamiento, un cuarto pequeño con solo una entrada de luz por un agujero en el techo. Allí los funcionarios perpetraban toda clase de torturas y abusos a los detenidos.
“Yo dormía al lado de la celda de aislamiento. Escuchaba ahí día a día cómo golpeaban a mis compañeros, entonces para mí es como un trauma que me queda de eso, de escuchar los gritos, y de yo mismo vivir esa situación de golpes, de maltrato”, relata Carlos, hablando pausadamente, como si las memorias insertas en cada oración pesaran todavía en su mente.
Entre los maltratos a los que fue sometido por los guardias del Cecot, señala que le pisaban los dedos con sus botas militares, llegando a arrancarle las uñas de los pies. Declara que también le sacaron el hombro durante una de las palizas. Si se sentía enfermo, ignoraban sus pedidos de ir a la enfermería hasta que fuera impostergable. Lo golpeaban incluso delante del personal médico, que no hacía nada al respecto.
Al borde de la muerte

Carlos cuenta que al mes y medio de su estancia en el Cecot experimentó un episodio en el que casi pierde la vida. Dos días antes, había conseguido que le dieran atención médica, pues tenía fiebre y le costaba respirar. Después de ser golpeado delante de la doctora, le comentó que sufría de asma y enumeró sus otros síntomas. “Me dijeron que yo no era asmático, que lo que tenía era neumonía, pero igual no podía respirar”, dijo. Lo devolvieron a la celda sin darle ningún tratamiento.
Después de eso estalló una huelga entre los venezolanos, cansados de los sistemáticos maltratos y humillaciones. Carlos explicó que todo comenzó cuando sacaron a los reos de cinco celdas al pabellón, incluyéndolo, y uno por uno los fueron golpeando. Narró que un compañero de la primera celda a la que agredieron se hizo en ese momento con un objeto punzante y se empezó a cortar a sí mismo, desmayándose en el acto.

Entre los funcionarios y algunos venezolanos llevaron al herido a la enfermería, pero no había personal de turno en ese momento. En medio del desespero por la situación, los guardias arremetieron contra todos en las demás celdas, rociándoles gas pimienta. La sustancia irritante le dio a Carlos de lleno en la cara y sus efectos, sumados a las complicaciones respiratorias que ya tenía, hicieron que colapsara asfixiándose.
“Había un compañero que sabía primeros auxilios y logró ayudarme, pues ya prácticamente me daban por muerto. Me empezaron a poner trapos mojados en la cara y pues he escuchado que cuando él le decía a los compañeros que no me taparan la boca ni la nariz, le decían me dejaran ahí tranquilo, porque lo más probable era que me muriera de un paro. Entre todo, pues bendito Dios, se me logró pasar la picazón y el ahogo un poco con los compañeros ahí echándome aire”, relató.
“Si nos moríamos era mejor”

A partir de ese incidente los venezolanos iniciaron una huelga de hambre para exigir información sobre su estatus judicial y condiciones más humanas de reclusión. Carlos acota que pasaron una semana así, hasta que se rindieron al no recibir respuesta de las autoridades del penal. No obstante, en los días siguientes fueron los propios custodios los que se negaron a darles comida como castigo.
“Los guardias nos decían que si nos moríamos era mejor para ellos, porque no les importaba si nos moríamos o no. Cuando cumplimos los tres meses, nos hicieron firmar un papel que decía que si nos moríamos ahí anotáramos el nombre de un familiar a quien ellos podían entregar nuestros cuerpos”, revela Carlos.
Finalmente se resignaron a aceptar las condiciones de la prisión. La única concesión que hicieron fue dejar de rotarlos periódicamente, quedándose en la misma celda a partir de allí. Sin embargo, los maltratos y vejaciones se mantuvieron iguales, así como la desesperanza infundada de que jamás saldrían de allí. “Ya para nosotros la vida ahí estaba en las manos de Dios”, sentencia.
Una de las últimas palizas que Carlos recibió fue la misma semana en que lo liberaron. Nuevamente con fiebre, pidió que lo llevaran a la enfermería, pero esta vez lo ignoraron por completo. Para bajar su temperatura, decidió bañarse a pesar de que estaba prohibido hacerlo sin permiso. Al verlo, los guardias lo esposaron y lo tiraron al suelo, donde entre cinco le patearon repetidamente en el abdomen. Los moretones que le quedaron se los llevó consigo a Venezuela.
Yendo a casa
“En esos momentos lo que me ayudaba a mantenerme fuerte era la fe hacia Dios y la fe de que algún día volvería a ver a mi familia”, destaca Carlos. Sin embargo, no tenía ninguna certeza de cuándo podría salir de allí. Solo quedaba dejar el tiempo pasar.

Cuatro días después de esa golpiza, los guardias le dijeron a Carlos y a todos en la celda que se alistaran para salir. No les dieron ninguna explicación, solo los llevaron a una sala en la que les dieron ropa casual y los subieron a todos, los 252 venezolanos, en autobuses rumbo al aeropuerto de una base militar. Señala que la confusión reinaba en el ambiente, y los agentes solo les decían que serían trasladados a otra prisión.
Abordaron los aviones sin saber que eran parte de un intercambio de rehenes entre Estados Unidos, El Salvador y Venezuela. El presidente Nayib Bukele aceptó devolverlos a su país a cambio de la liberación de 10 ciudadanos estadounidenses bajo custodia del gobierno de Nicolás Maduro y la excarcelación de decenas de presos políticos venezolanos.

Carlos y el resto de pasajeros no se enteraron de esto hasta que, antes del despegue, un sujeto abordó el avión. Era un joven con una gorra del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime) y una chaqueta institucional gris con la bandera de Venezuela. “Me los llevo a casa”, les dijo, y toda la nave estalló en alegría. Aun así, no fue hasta que vieron por la ventanilla al Ávila y las costas de La Guaira aproximarse que tuvieron la seguridad de que, en efecto, estaban aterrizando en casa.
“Cuando llegué a Maiquetía la verdad me sentí muy feliz, de verdad. Me di cuenta de que ya éramos libres, de que ya no íbamos a seguir viviendo esas torturas allá en ese país, de que todos logramos salir de allá vivos, de aferrarnos a Dios, de que ya nos faltaba poco. Y saber que ya estaba ahí en Maiquetía, pues ya estaba más tranquilo”, comenta.
Gratitud
Carlos apareció fugazmente en televisión al momento de bajar del avión y caminar por la pista del aeropuerto internacional de Maiquetía. Solo fue captado unos segundos por la cámara, pero bastó para darle a su familia la fe de vida que llevaban meses esperando. Meses en los que su esposa abogó por él en medios de comunicación y organismos internacionales, defendiendo su inocencia.

Ahora lo esperaban en casa con un cartel de bienvenida, peluches y una mesa servida, aunque su regreso tomaría unos días más. Carlos señala que lo primero que hicieron al llegar al hotel fue comer. Recuerda que era pollo, pero para ellos representaba un auténtico banquete tras meses de comidas escasas, la mayoría de las veces tortillas o arroz con granos. Pasaron el resto de ese fin de semana descansando, mientras recibían chequeos médicos y les sacaban la cédula, además de verificar sus antecedentes penales.
De acuerdo con el ministro de Interior, Justicia y Paz, Diosdado Cabello, solo 20 de los 252 venezolanos que volvieron del Cecot estaban solicitados por la justicia por delitos graves. Previamente, investigaciones periodísticas demostraron que alrededor del 75 % no tenía ningún antecedente en Venezuela, Estados Unidos u otro país, y la mayoría de los que sí tenía era por delitos no violentos, como hurtos en tiendas.

Mientras tanto, los migrantes repatriados dieron algunas entrevistas y asistieron a eventos del gobierno antes de que se autorizara su regreso a casa. En el caso de Carlos, partió el 22 de julio en la noche y llegó a Lobatera a la mañana siguiente. Apenas se bajó de la patrulla frente a su casa, Gabriela y su hija se abalanzaron en sus brazos. Era el reencuentro que había anhelado desde que salió de Texas meses atrás, y que por fin sentía en persona. Un calor que se mantuvo en los días siguientes, mientras se adaptaba nuevamente a la vida fuera del Cecot.
“Me siento de verdad muy agradecido con Dios. También con mi esposa al ver todo lo que hizo para que saliera de ese lugar, por hacer tantas cosas que nunca imaginé. Muy agradecido con todos los que estuvieron al tanto. Me siento muy contento de estar libre”, apunta Carlos, quien ahora retribuye con amor y gratitud toda esa fe que lo sostuvo cuando más lo necesitaba.
Las opiniones, declaraciones y testimonios expresados por los venezolanos detenidos en El Salvador en este especial no constituye una postura oficial de El Diario. Este trabajo periodístico tiene como propósito documentar y visibilizar las voces de quienes permanecieron casi cuatro meses incomunicados y sin un proceso judicial para determinar su culpabilidad o inocencia.
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