
La escritora gallega presenta en español su tercera novela ‘As despedidas’, originalmente en su idioma, que se adentra en las horas en las que comienza el duelo por un familiar
La escritora favorita de Almodóvar que ocupa espacios de la derecha y renuncia al caché de llamarse novelista
Todo empieza por el final, por la muerte. La muerte del viejo, del abuelo, que, aunque esperada, detiene el tiempo. Ese es el comienzo y el hilo conductor de la trama de As despedidas (Consonni, 2024), la tercera novela de Cecilia F. Santomé (San Simón, 1984), que sigue las 72 horas posteriores al deceso. ¿Qué pasa cuando se nos muere alguien? ¿Cómo sigue la vida cuando desaparece de golpe uno de los pilares que la sostenían hasta ese momento? ¿Cómo te despides y piensas en alguien que está delante de ti aunque ya no está? Estas son algunas de las preguntas que se hace la narradora ante el cuerpo de su abuelo. Una narradora que es testigo y parte de lo que ocurre en una casa del rural gallego. Una casa en la que al muerto no se le despide con el asepticismo de un tanatorio con olor a desinfectante, sino en casa, en comunidad, como un evento social de los de antes, de los que ya no quedan.
“Lo primero que surgió fue el final”, confiesa F. Santomé en conversación con elDiario.es. “Llevaba tiempo cavilando sobre cómo la literatura te puede ayudar a gestionar ciertos sentimientos que te vienen desbordando”, continúa para señalar que As despedidas es una novela que viene de lejos, que estuvo habitando un rincón de su cabeza durante seis años antes de, por fin, comenzar a escribirla. Los sentimientos que la atraparon fueron aquellos que condensan el duelo, el dolor, la pérdida, el final de las familias y la zozobra a la que conducen la desaparición de los ritos que se van con el difunto.
La suya es una novela de vida y de muerte. Algo que abunda en la literatura gallega; las cosas que rodean al morir. “En Galicia todavía existe una gran cultura de la muerte, aunque hoy quizá esté desdibujada por la modernidad”, explica la autora a este respecto. Y esa cultura de la muerte es lo que ella plasma en su novela con una suerte de mirada antropológica, de testimonio de lo que es y lo que ha sido y de lo que no se sabe si seguirá siendo. “Aunque todavía se recuerdan muchas cosas, ya no se ejecutan de ese modo y yo quería dejar parte de ello, de lo que es morirse en el rural”, continúa.

Una de las escenas que marca ese estado de cambio se encuentra al principio del libro, cuando la familia no encuentra al cura porque no hay, porque hay uno para varios pueblos y en ese momento no está de servicio y genera una crisis organizativa. Imagen habitual y de actualidad en otros oficios, como el de los médicos rurales. “Supongo que es un fragmento involuntariamente crítico. Mi principal ambición era simplemente recoger algo que está a la orden del día en ese ambiente y ámbito”, explica la escritora, añadiendo que el avance de la despoblación acelera la falta de servicios de todo tipo.
“Y, en ese marco, puede faltar un sacerdote. Algo impensable hace dos décadas”, afirma, para señalar que este es un elemento que complementa al trasfondo de la novela que es, en definitiva, de decadencia. “Aunque en primer plano tenemos una imagen de resistencia, porque la muerte, como la vida, en comunidades pequeñas tiene mucho de social, en el fondo podemos intuir cómo todo va degradándose”, explica.
F. Santomé cuenta que este trabajo, que se publicó primero en gallego en 2024, ha sido muy enriquecedor, sobre todo al incorporarse como traductora de sí misma. “Es una novela que está tan próxima a una sociedad en la que yo he crecido a ratos y sobre la que, a veces, cuando se me pregunta por determinadas escenas, no puedo evitar emocionarme”, confiesa. “Hay mucho de lo que mi gente es y es bonito que quede encapsulado ahí, aunque sea literariamente. Es un pequeño guiño a mi comunidad”, continúa.

La autora Cecilia Fernández Santomé.
El pensar cómo crecerán las nuevas generaciones que ya no podrán morder ni oler las rosquillas de los abuelos o que no conocerán los ritos que han rodeado el crecimiento de la protagonista es también donde reside parte de la fuerza del relato. “Es una historia en la que yo quería ser muy sensorial, sensual, con los olores y los sabores y, en definitiva, esas cosas tan pequeñas que son las que, al final, forman nuestros universos”, argumenta la autora para señalar que, para ella, estos detalles a los que no les damos la importancia que tienen, hablan mucho de las relaciones paternofiliales.
Figuras literarias
“Luego están los abuelos en sí, que, al menos para mí, pertenecen a una categoría muy propia, muy especial, pero ni siquiera tenemos una palabra para describir su ausencia con respecto a los nietos”, argumenta la escritora, quien asegura que esas ausencias desnombradas generan un sentimiento de orfandad muy profundo. “Y algo de eso hay en esta novela, la necesidad de ya no ponerle un nombre, pero demostrar que hay un agujerito en la foto familiar a partir de su muerte”, continúa.
F. Santomé no es la primera en tomar la figura de los abuelos como elemento de construcción literario. Los abuelos, en general, son una constante en la literatura como símbolos de memoria o de mundos que desaparecen. “Narrativamente, nos fascinan tanto porque son el cordón umbilical de las historias propias”, opina la escritora, que agrega que, también, las relaciones entre abuelos y nietos suelen estar desprovistas de la tensión de la crianza y se forman desde un lugar más relajado, dando posibilidades a un vínculo “luminoso”. “Además, su función como comunicadores de las tradiciones que nos preceden también los convierten en figuras fascinantes con mucho potencial narrativo”, alega.
La muerte, claro, es también otra de las figuras literarias por excelencia. Quizá la que más, aunque paradójicamente la protagonista de esta historia sea, en el fondo, una vida recién apagada. Sin embargo, quizá lo más peculiar es que hay varias muertes agazapadas en esta novela, tal y como se intuye en su polisémico título. Y la del ser humano propiamente dicha, aunque literal, engloba mucho más que el deceso de un hombre mayor en su casa del pueblo. “Lo más doloroso ha sido, quizá, no escribir la muerte del abuelo, que no tiene una especial carga dramática más que la simbólica para la familia, sino el construir esta especie de Réquiem para una sociedad moribunda. No todavía muerta, pero sí moribunda”, devela F. Santomé, finalizando con que escribir el obituario de algo querido cuando todavía tiene un poquito de pulso es algo muy difícil.
