«Estábamos en el apartamento, en el piso ocho. Y comenzó a temblar todo con mucha fuerza. No hallábamos qué hacer, no se podía ni salir al pasillo. El temblor se me hizo infinito, pero cuando acabó me puse los zapatos y después bajamos. En las escaleras había muchos heridos, muchos abuelos, niños sangrando. Todos salieron gracias a Dios, pero cuando llegamos a la calle nos esperaba la locura. El edificio de al lado estaba caído y desde el puente para arriba colapsaron el hotel y todos los edificios. Muchos, muchos heridos. Toda la zona costera está derruida».