Hay lugares que no encajan con todo lo que sabemos de la prehistoria. La llamada Cueva 338, colgada a 2.235 metros en el Pirineo oriental, es uno de ellos. Allí, donde el frío muerde y el aire escasea, un equipo de arqueólogos ha encontrado algo más que restos dispersos, ha encontrado un extraño patrón. Fuego prendido durante generaciones, joyas, restos óseos de niños, minerales verdes quemados, y signos de humanos empeñados en regresar durante miles de años, que rompen la lógica de lo que sabíamos de nuestros antepasados.
