Por más que los últimos años hayan ofrecido una sucesión de eventos improbables digna de estudio, de la pandemia a la guerra en Ucrania, la tentación de pensar que 2026 podía ser diferente y ofrecer al Banco Central Europeo un largo periodo de pax monetaria sobrevolaba el ambiente. La inflación merodeaba el 2%, igual que los tipos de interés, estabilizados tras varios años de convulsiones en los precios por la embestida de Putin. El crecimiento de la zona euro, sin ser boyante, resistía. Un aterrizaje suave de manual que colocó al BCE en una posición mucho más cómoda que la de sus homólogos de la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra. Y que permitía escenas tan relajadas como la de la presidenta del Eurobanco, Christine Lagarde, encargando panettones para su marido en un mercado de Florencia aprovechando la reunión del Consejo de Gobierno en la ciudad italiana del pasado octubre.