Su condición física ya se había visto el año pasado, en el Jubileo de los jóvenes en la explanada romana de Tor Vergata. Decenios de Papas marcados por la enfermedad, ancianos y frágiles o fatigados, siempre acompañados por un hilo de aprensión mientras avanzaban lentamente en las ceremonias públicas. Hasta que llega un Papa americano, baja del helicóptero, agarra el gran crucifijo de madera de la JMJ (Jornada Mundial de la Juventud) y sube sereno y seguro la escalinata del escenario, como si sostuviera un paraguas. También el sábado por la mañana, en la isla de Lampedusa, el único inconveniente fue el viento que le hizo volar el solideo y la vestidura que le impedía un poco los movimientos, pero por lo demás causaba impresión la seguridad con la que León XIV, solo, escaló las rocas de arenisca hasta alcanzar el punto más alto del acantilado y mirar al mar.